Desde hace bastante tiempo, una de mis fantasías ha sido tener sexo en una cabina telefónica. No me preguntéis por qué, pero es algo que me turba, en serio. Es entrar en una cabina para telefonear a mi madre y... ¡buf! ¡Qué va, qué va!.
Llegó un día en el que, por más gastos de la cuenta, me quedé sin saldo en el móvil. Por lo que tuve que ir a una cabina telefónica para informar a mis padres que iba a llegar un tanto más tarde. Sólo tuve que caminar hasta la próxima manzana y vi una de esas cabinas de teléfono de las de antes, que son una pequeña habitación. Pero no pude entrar. Un culo respingón con melena rubia rizada ocupaba el teléfono. Golpeé la puerta con los nudillos y, sobresaltada colgó el teléfono.
Al abrir la puerta pude dislumbrar que estaba más buena de lo que parecía. De piel blanca como la nieve, resaltaban sus ojos verdes. Tenía cara de putoncilla y la voz aguda. No debía pasar de los 18 años. Sus pechos turgentes se adivinaban a través de un top blanco estirado a causa del tamaño de sus mamas.
Sin pensar, la empuje para adentro y empecé a besarla. Le costó decidirse, pero al final cedió. Su tímida lengua saludó a la mía y juntas empezaron un diálogo muy sensual. Enseguida empezó a bajarme los pantalones y a acariciar mi miembro viril de arriba hacia abajo, insistentemente, y entonces... ¡ZAS! Todo mojado, otra vez había vuelto a pasar.
-¿Qué coño quieres, petardo?-dijo con cara de malas pulgas.
Entonces desperté. Todo había sido una fantasía.
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